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Columnas

La falta de sensibilidad en el colegio

Cuando llegó la pandemia, inició un proceso complicado. Nadie estaba preparado para un cambio tan radical. Las oficinas cerraron y todos tuvimos que aprender a trabajar de manera remota y a usar la tecnología

Esta es la última columna de 2021, que quedará en la memoria como uno de cambios a nuestra manera de vivir, que nos ha traído esperanza de seguir adelante y llenó de enseñanza para ajustarnos a todo lo relacionado a la forma de interactuar con los demás.

Fue un año de satisfacciones, pero hubo un hecho que me ha llegado a lo más profundo y deseo compartir, pues ha afectado a mi esposa, a mí y a mi hijo menor.

Debo viajar constantemente, vivo con un ritmo diferente, horarios inexistentes y estoy ausente en la rutina familiar; es ahí donde mi esposa ha hecho una labor maravillosa para estar al pendiente de nuestros hijos. Todo lo de las escuelas recae en ella. Así fue como crecí, con mi mamá al frente de la rutina familiar, mientras mi papá conquistaba al mundo en su ramo.

Cuando llegó la pandemia, inició un proceso complicado. Nadie estaba preparado para un cambio tan radical. Las oficinas cerraron y todos tuvimos que aprender a trabajar de manera remota y a usar la tecnología. Nadie sabía cuánto iba a durar, existía gran incertidumbre y fuimos exigidos a enfrentar situaciones difíciles, pérdidas de seres queridos, crisis en todos los ámbitos y una angustia continua.

Esto mismo sucedió en la educación. Las escuelas tuvieron que implementar sistemas desconocidos, implementar clases en línea y dio inicio un proceso complicado para los maestros, padres de familia y estudiantes.

Niños y niñas tomando clases en un aparato, aprendiendo un sistema nuevo, con complicaciones de conectividad, distracciones en casa, aprendiendo al mismo tiempo que los profesores a tratar de salvar el proceso educativo. En casa, sin salir, convivir con compañeros ni tener los ciclos normales.

Mi hijo menor logró sobreponerse a los problemas. Aceptó apoyo adicional de una tutora, empezó a entrenar box y dio un maravilloso cambio: bajó 11 kilos, encontró disciplina y mejoró sus calificaciones.

Finalmente, ¡él regresó a clases! La vida se ajustaba a una nueva oportunidad de seguir adelante y retomar actividades que eran las únicas que conocían los estudiantes. El entusiasmo de volver, tras un año de ausencia, fue maravilloso.

Mi hijo no es ningún angelito. Regresó a clases y se encontró con un grupo de amigos que, al igual que él, estaban llenos de energía y la indisciplina lo llevó a tener faltas. Ningún suceso de consecuencias, simplemente un joven de 14 años, inquieto y rebelde. Recibió reportes, fue suspendido y el tema fue atendido por mi esposa, buscando los pasos para corregir la problemática.

Tras 17 años de formar parte de esta escuela, encontrando para nuestros tres hijos un instituto de formación académica, católica, social y moral, hemos experimentado un final abrupto: la falta de sensibilidad a los tiempos complicados para un adolescente, tomando en cuenta lo antes descrito y experimentando el trato al que ha sido expuesto con un abuso de poder.

Hemos sido orillados voluntariamente a darlo de baja, cayendo en una serie de infracciones a la ley. Nuestro hijo fue expuesto por varios profesores, ante los demás alumnos, como un ejemplo de lo que puede suceder; lo ridiculizaron y señalaron.

Todo esto sucedió unos cuantos días antes de terminar el semestre, días antes de celebrar la Navidad. Sin tener la mínima consideración al efecto que esta decisión tendrá en un joven, sin considerar la compasión que la religión católica pregona como principio elemental.

Nos mandaron a la calle sin procurar alternativas para salvar el año. El instituto simplemente se dio por vencido y tiró la toalla, fracasó y encontró la salida fácil; hallaron a un niño como el culpable de su incapacidad de operar y administrar.

Nos vamos con la frente en alto a buscar un destino promisorio para un joven que necesita empatía, entendimiento y guía para enfrentar los padecimientos que nuestra juventud del presente requiere.

Hemos recibido infinidad de muestras de cariño y solidaridad de parte de compañeros y sus padres, dándonos seguridad y la posibilidad de cerrar este penoso capítulo.

Somos una familia unida, de bien, con valores y principios sólidos. De ninguna manera justifico las fallas de mi hijo y tomaremos las medidas necesarias. Lamento lo sucedido; haremos los ajustes necesarios para enderezar el camino de nuestro hijo.

Es también una sacudida a mi persona, es necesario dedicar más tiempo a mi familia, esposa e hijos. Será mi propósito para 2022.

Anécdota de hoy

Precisamente, segundo de secundaria fue el año en que pasé por una crisis existencial de adolescentes. Dejé de jugar beisbol con la pasión que siempre tuve y en la escuela tuve materias reprobadas. Mi mamá fue citada a la escuela, pero coincidió con que mi papá estaba en México. “Vieja yo voy, dame la oportunidad de atender esta situación”, y así fue que Don José asistió a la reunión con la directora de la secundaria. Regresando a casa, mi papá fue firme y le confirmó a mi mamá su decisión: “Mauricio no irá al campamento de beisbol de verano, ya lo cancelé, tendrá clases privadas durante el verano y aprobará los exámenes extraordinarios”. Así fue, y sentí un gran alivio al dar vuelta a mis problemas, pero más al haberlo hecho bajo la supervisión de mi papá.

POR MAURICIO SULAIMÁN
PRESIDENTE DEL CMB

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