Redacción
Ciudad del Vaticano
El pontífice argentino, ferviente aficionado de San Lorenzo, convirtió al fútbol en una herramienta para hablar de amistad, esfuerzo, compañerismo y perseverancia.
El fútbol fue mucho más que una afición para el papa Francisco. Jorge Mario Bergoglio, argentino de nacimiento y aficionado de toda la vida de San Lorenzo, encontró en el deporte una poderosa manera de hablar sobre la vida, los valores y la importancia de trabajar en equipo. Para él, el balompié era capaz de transmitir lecciones tan profundas como las que encontraba en la Biblia.
Su amor por el fútbol nació desde niño, en las calles y potreros del barrio de Flores, donde creció. Sin embargo, el propio Bergoglio reconocía que sus habilidades con el balón no eran precisamente extraordinarias. En su autobiografía Esperanza, contó que sus compañeros llegaron a apodarlo “pata dura”. Por tradición familiar se convirtió en hincha de San Lorenzo, club fundado en 1908 por el sacerdote salesiano Lorenzo Massa.
A los 10 años quedó maravillado con el equipo que conquistó el campeonato argentino de 1946 y, décadas después, todavía recordaba de memoria aquella alineación. Su vínculo con el club se mantuvo hasta el final de su vida. Como una coincidencia cargada de simbolismo, apenas un año después de su elección como papa, San Lorenzo conquistó la Copa Libertadores 2014 y el plantel llevó el trofeo hasta el Vaticano para compartirlo con su ilustre aficionado. Francisco, incluso, mantuvo hasta sus últimos días su membresía como socio del club.
Pero el fútbol también fue para Francisco una escuela de vida. En 2019, durante un encuentro con jóvenes, futbolistas y entrenadores en el Vaticano, resumió su filosofía con una frase contundente: “El fútbol es un juego de equipo, ¡no se puede divertir solo!” Para el pontífice, el balón era una oportunidad para encontrarse con los demás, compartir amistad, aceptar desafíos y poner las capacidades individuales al servicio de un objetivo colectivo.
Cuando le preguntaron por los mejores futbolistas que había visto, Francisco mencionó a tres leyendas: Diego Maradona, Lionel Messi y Pelé. Sobre Maradona reconoció su grandeza dentro de la cancha, aunque fue crítico con algunos aspectos de su vida personal. A Messi lo definió como un hombre “correctísimo” y “un señor”. Sin embargo, su elección como favorito fue Pelé, a quien consideraba un ejemplo de perseverancia, constancia y templanza, valores que, según Francisco, también forman parte de la vida cristiana.
Su pasión por el fútbol incluso estuvo marcada por una peculiaridad: Francisco no veía televisión debido a una promesa hecha a la Virgen del Carmen en 1990. La radio fue durante años su vínculo con el deporte y, ya instalado en el Vaticano, eran integrantes de la Guardia Suiza Pontificia quienes le comunicaban los resultados de San Lorenzo y de la selección argentina. Así siguió de cerca, a la distancia, la histórica conquista de Argentina en el Mundial de Qatar 2022.
La consagración de la Albiceleste también le permitió reflexionar sobre el carácter de sus compatriotas. Francisco destacó la capacidad argentina para luchar hasta el último minuto, pero advirtió sobre la tendencia a comenzar con entusiasmo y perder intensidad en el camino. Para él, el fútbol ofrecía una enseñanza sencilla y poderosa: los partidos, como la vida, deben lucharse hasta el final. En cada pase, cada derrota y cada victoria, Francisco encontró una oportunidad para hablar de algo que consideraba todavía más importante que ganar: caminar juntos.
