Redacción / Foto: Olympics

Tokio, Japón

Agotadores, enriquecedores y, por momentos, exasperantes, los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 llegaron a su fin el domingo al apagarse el pebetero.

Imperfectos más ni imposibles, estos Juegos —celebrados prácticamente a la fuerza a pesar de una pandemia, y que desataron escepticismo a nivel mundial y una firme oposición de los propios japoneses— podrían pasar a la historia como la justa que cambió al deporte para siempre.

Estos fueron los Juegos Olímpicos en que los deportistas alzaron la voz. Fueron los Olímpicos en que la salud mental se volvió tan importante como la física. Los Olímpicos en donde las historias de perseverancia opacaron a los resultados deportivos.

No fueron sólo aquellos que subieron al podio en una justa analizada con microscopio, en donde los análisis de saliva y las camas de cartón eran parte de la vida diaria. Fueron todos los participantes.

Sus voces fueron escuchadas a través de cientos de recordatorios de que su salud mental y física no estaba a la venta, ni siquiera para un gigante de 15.500 millones de dólares que es dueño de muchos de sus más grandes sueños.

Sus voces se reflejaron notablemente en las palabras de Simone Biles, quien en los primeros días reinició la conversación al retirarse del programa de gimnasia al declarar que su bienestar era más importante que las medallas.

“Fue algo que no estaba en mi poder. Al final del día, mi salud física y mental es mejor que cualquier medalla”, dijo Biles, quien se ausentó de la mayoría de las justas después de sufrir episodios de desorientación, conocidos en el argot gimnástico como “twisties”.

Y en Naomi Osaka, la tenista que encendió el pebetero en la ceremonia de inauguración, pero únicamente después de pasar buena parte del verano insistiendo en que el mundo la escuchara —en verdad le prestara atención— y no solo viera su actuación sobre las canchas. La deportista mejor pagada del planeta y la imagen del país sede enfrentaba expectativas difíciles de manejar.

“Definitivamente siento que había mucha presión por esto”, dijo Osaka.

Cientos de deportistas encontraron alguna manera de alzar sus voces de una manera que no habían considerado hasta Tokio 2020 —y los turbulentos 18 meses que le precedieron.

Aprendieron a hablar de lo que se sentía sacrificarse y ajustarse durante cuatro años, luego cinco, para venir a los Juegos sin familiares ni amigos, para mostrarse, para saber que serían juzgados no por lo que son, sino por qué tan rápido corren, o disparan o si caen bien.

“He tenido miedo de que me valoren por si gano o pierdo”, escribió Allyson Felix la mañana previa a ganar la medalla de bronce en los 400 metros que la convirtió en la corredora más condecorada en la historia de los Juegos Olímpicos. “Pero en este momento he decidido dejar atrás al miedo. Entender que yo soy suficiente”.